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embargo, empecé a reconocerlos: eran los que habían estado descuartizando los cadáveres y
a su vez, como lo sabría mucho más tarde, cuando empezaría a conocer poco a poco las
costumbres de la tribu, aquellos cuyas armas habían exterminado al capitán y al resto de
mis compañeros.
Mis huéspedes me observaban comer con satisfacción discreta, con placer, casi diría con
ternura. Me invitaban a servirme más con delicadeza, con sencillez generosa. Austeros, en
la siesta apacible, bajo la sombra fresca de los árboles, se abandonaban a sus recuerdos
tranquilos intercambiando, de tanto en tanto, monosílabos cordiales. Eran como una
medalla dura y redonda, moldeada en algún metal noble del que el resto de la tribu, dispersa
en la playa, parecía el sobrante hír-viente, oscuro y sin forma. Cuando nuestra comida
acabó, mis huéspedes apagaron, diestros, el fuego, se lavaron, limpiaron el espacio sobre el
que se abrían las habitaciones y se dispersaron no sin antes saludarme, corteses, con sus
voces rápidas y chillonas. Algunos se dirigieron hacia la playa, otros hacia el monte espeso
que había detrás, otros penetraron en las construcciones que rodeaban el claro. Sentado solo
a la sombra, sentí voces y ruidos que llegaban hasta mí desde la playa, a través del silencio
soleado. Me incorporé y me dirigí hacia el río.
Dos hombres discutían, violentos, cerca de las parrillas, enfrentándose hasta casi tocarse,
echándose miradas brutales, separándose como si estuviesen por alejarse definitivamente y
volviendo a enfrentarse de golpe, tan cerca uno del otro que temí varias veces que sus
cabezas se entrechocaran. Sus voces chillonas se quebraban, alteradas por la furia. Por
último se quedaron inmóviles, en silencio, a pocos centímetros uno del otro, mirándose,
respirando rápido, y sus sombras, que el sol proyectaba en la misma dirección, parcialmente
superpuestas en el suelo amarillento. Las dos caras enfrentadas expresaban la lucha
inminente, el odio, el desdén. Y lo que llamaba la atención, sobre todo, era la indiferencia
con que la tribu parecía observarlos -en el caso de los que observaban, porque la mayor
parte ni siquiera miraba en dirección de los hombres que discutían. Esa indiferencia parecía
mayor en los asadores, parecía incluso deliberada. Estaban vueltos de perfil, apoyados en
sus palos, mirando un punto impreciso en dirección al río, como si se hubiesen propuesto
no prestar atención a lo que estaba sucediendo en la playa o como si, por el contrario,
supiesen exactamente lo que ocurría y simularan ignorarlo, por alguna razón para mí
desconocida. Los otros miembros de la tribu, perdidos en su entresueño, o bien dejaban
resbalar sus miradas indiferentes sobre los dos hombres o bien parecían ignorar
completamente su presencia.
Habían terminado de comer; muy pocos ya -un viejo sin dientes, una criatura- chupaban,
pensativos, algún hueso. En la parrilla no quedaba nada. Un hombre que tenía un hueso en
la mano cruzó, maquinal, el espacio vacío, y tiró el hueso al fuego. Los asadores, in-
móviles, apoyados en sus palos, ni se dignaron mirarlo. Los dos que habían estado
peleándose desviaron bruscos la mirada y se alejaron en dirección opuesta, perdiéndose
entre la muchedumbre de la que se había apoderado, a causa de la digestión, una
somnolencia meditabunda. Algunos estaban estirados en el suelo, boca arriba; otros,
parados, no menos inmóviles, con los ojos entrecerrados, parecían a punto de desplomarse.
Algunos se habían trepado a los árboles y se habían instalado tratando de adecuar el cuerpo
a las irregularidades de las ramas. Esa somnolencia parecía menos próxima del sueño que
de la pesadilla. Las caras denunciaban las visiones tenaces que los asaltaban por dentro
impidiéndoles dormir. Los ojos se removían, lentos, bajo las cejas fruncidas, y se reunían
cerca de la nariz. Las miradas eran bajas y huidizas. En los cuerpos inmóviles, los dedos de
los pies se agitaban, autónomos, traicionando lo que el resto del cuerpo pretendía disimular.
Parecían atentos a lo que pasaba dentro de ellos, como si esperaran el efecto inmediato del
festín y estuviesen sintiendo bajar, paso a paso, cada uno de los bocados ingeridos por los
recovecos de sus cuerpos. Era como si estuviesen seguros de que, si a partir de cierto
momento ningún efecto terrible se manifestaba en ellos, podían considerarse a salvo y ser
capaces de deponer sin peligro su ansiedad vergonzosa. Parecían estar oyendo subir desde
sí mismos un rumor arcaico.
Empezaron a sacudirse un poco a media tarde. Se paraban, desperezándose, pestañeaban
varias veces, iban corriendo en dirección al río y se dejaban caer, bruscos, en la orilla.
Parecían débiles, pesados, incluso cuando corrían. Las criaturas, que se habían mostrado tan
vivaces a la mañana, se movían con una lentitud que no se sabía si era malhumor o
modorra. Un grupo de indios empezó a aproximarse a las vasijas que reposaban bajo los [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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